viernes, mayo 26, 2006



Miradas





Un obeso maletin de libros y cuadernos dormitaba como un perro entre sus pantorrillas. Vestía un uniforme oliva, de falda plisada y lazo en la blusa. Esperaba en la esquina el paso del bus escolar. El viento jugueteaba con su falda y con sus cabellos. Con una mano evitaba que se la levantara y con la otra que la despeinara. Le subyugó la pureza de su
estampa, el candor de sus mejillas, la inquietud de sus labios, el giro casual de su rostro que permitió que sus miradas se encontraran.

Amor a primera vista le llaman. Bastó ese contratiempo para amarla toda la vida. Vivió para ella sin que lo percibiera. Como la sombra que persigue al cuerpo.
Fue el extraño que acudió a su graduación y a su boda; el desconocido que estuvo atento al nacimiento de sus hijos y a la muerte de sus padres. El que la vio florecer y marchitarse. Declinar. Andar apoyada en un bastón entre su hija y su nieta en este cenit de parques, donde se ha sentado sintiendo la dicha de estar, simplemente, a su lado.




miércoles, diciembre 28, 2005

El beso de la Luna



No puedo ver sufrir a la gente. El dolor ajeno me perturba y me conmueve. Y más si las lágrimas provienen de una mujer. Por eso, su pedido no me pareció descabellado. Raro, extraño, disparatado sí, pero descabellado no. Ocurrió durante el almuerzo, en el restaurante que está al frente de la oficina.

-Hola -me dijo- ¿sabes quién soy?
-La chica de archivo- respondí sin quitar la vista de la carta del menú. Ella sonrió.
-Caray, pensé que no te habias fijado en mi, que no existia para ti.
-¿Por qué lo dices? -Porque soy fea, muy fea. Demasiado fea.

Ella interpretó mi silencio como una reafirmación del pobre concepto que ella tenía de sí misma. Algo que no puede rebatir porque era cierto. Era ella un poema a la redondes, una esfera, una Luna con gafas, espinillas y frenillos en los dientes. La capa de grasa en la que estaba envuelta mantenía tersa su piel y no aparentaba los recién cumplidos treinta y tres años.

-¿Me puedo sentar?
-¡Porsupuesto! -respondí con lerda cortesía.
-Vaya, qué gentil eres -lo dijo con sorna.
Dispuesto a lavar esa descortesía, decidí invitarla.
-¿Almorzamos?
-¡Ya que insistes! -se alegró.
-¿Qué te apetece?
Ella me miró con mucho aplomo y respondió.
-¡Tu semen!

Me han pedido muchas cosas los amigos e incluso los extraños: el préstamo de un libro, dinero, una corbata, mi coche, pagar una ronda de cerveza, ser testigo de un matrimonio o padrino de un bautismo, pero que me pidan semen, ¡nunca!

-¿Estas bromeando?-le dije. -De ninguna manera -respondió ella- Yo no juego con la gente.
-¿Para que quieres mi semen?
-Para hacer yogurt, no.

De pronto se apareció el mozo. Ella pidió un Lomo Saltado y yo Mondonguito a la Italiana. De entrada Papa a la Huancaina y Cebiche ademas de dos Cristal bien heladas.

-Mira -me dijo la encargada del Archivo- el próximo año cumplo treinta y cuatro. Eso quiere decir que me estoy haciendo irremediablemente vieja. Vieja y fea. Y cada año seré más vieja y más fea. Ya estoy resignada a mi suerte. A estas alturas ya no creo que un Principe Azul venga y me toque la puerta para probar si soy la Cenicienta del zapatito de cristal.

Llenó su vaso de cerveza y también el mío.

-¡Salud! -brindó la encargada de Archivo, chocamos los vasos y continuó con su perorata- Hace diez años entré en la empresa y desde la primera vez que te ví, me dije, este hombre tiene que ser mio. Pero, claro, nunca te fijastes en mi. ¡Soy tan fea!... Enamorabas a todas las chicas menos a mí. ¡Oh, Dios, no sabes lo que me has hecho, ni el dolor que me has causado! Sólo verte en manos de otra, en los labios de otra e imaginarte en la cama de otra. No sabes cuánto lloré el día que te casaste y la borrachera que me metí la noche de tu luna de miel. Si alguien te ha amado con toda el alma esa, esa he sido yo. Y sólo ahora he reunido un poco de valor para decirte que te amo y que sino puedo tenerte, por lo menos quisiera tener un hijo tuyo. Y para eso necesito tu semen.


-¿Estas loca? -atiné en decir.
-Pero de amor- respondió ella y se echó a llorar con mucha baba y moco. Y porsupuesto, yo no puedo ver llorar a una mujer.

Ablandados por la cerveza dejamos el restaurante. Tomé la tarde libre y ella, premeditadamente, había pedido permiso con varios días de antelación. Abordamos un taxi y nos dirigimos hacia su casa. En el camino me prometió que nunca me haría problema. Nada de juicios de paternidad, de alimentos ni otros reproches semejantes.
Vivía sola en un callejón de La Victoria, muy cerca de la Plaza Manco Capac, en la última puerta al final del corredor. Llegamos a ella después de sortear un montón de niños rapaces y eludir otro montón de ropa tendida en unas cuerdas.
Era una vivienda compuesta por tres habitaciones: sala-comedor, cocina y dormitorio. Un cuadro, con la pintura de un Cristo agónico con las manos abiertas y el corazón inflamado, dominaba la sala. Fue al refrigrador y destapó una cerveza. Para relajarnos, me dijo. Luego se metió en su habitación y al rato volvió con varios pomos, tubos de ensayos, corchos y otros recipientes de vidrio. Ella estaba muy excitada y porsupuesto, radiaba de dicha. Hasta me pareció oirla silbar la Macarena de lo alegre que estaba. La única condición que puse fue que no haríamos el amor. Y porsupuesto que retirara la pintura de Cristo de la pared.


-Una amiga médico de la Facultad de Medicina de San Fernando ya me dio todas las instrucciones del caso. Tú -me dijo ella- estate quieto y relajado.
-¿Cómo lo vas a hacer?- le pregunté.
-Como lo hacen los choferes que se quedan sin gasolina en la carretera. ¿No meten una manguera en el tanque y succionan y succionan hasta que fluye la gasolina? Bueno, algo parecido es lo que haremos si me lo permites. ¿Te lo puedes sacar? Si te da verguenza, cierro los ojos.

Yo me lo saqué y se lo dí, y ella lo tomó entre sus manos con mucha ternura. Fue tan fácil y tan tierno que le dije a ella al concluir que había sido como recibir un beso de la Luna.

De aquello ha pasado ya diecinueve años. No tengo idea si salió embarazada. Tampoco me inquieta averiguarlo. Sólo sé que cuando hay noche de Luna pienso en ella. Y esta noche hay luna llena.







jueves, noviembre 24, 2005

Yuki




-Despierta, dormilón, que ya está amaneciendo.

Era una voz de súplica tierna y suave. María le sacudió de los hombros pero Jesús seguía durmiendo. María se dirigió a la ventana y corrió las cortinas de golpe. Una luz helada iluminó la habitación. Había nevado toda la noche y afuera la nieve cubría la ladera de la montaña erizada de pinos. Jesús gruñó, se dio la vuelta y se cubrió la cabeza con la almohada.

-Van a dar las seis- insistió María mirando con aprensión el reloj del velador. Se acercó a Jesús y le metió la mano entre las piernas. En realidad Jesús esperaba que María hiciera eso como parte del juego habitual de cada mañana. Un resorte volvió a despertar sus ganas y unir sus lenguas y jadeos.

-Vamos a hacerlo rapidito, ¿okey?. Y lo hicieron y cuando lo hacían oyeron pasos en el corredor y ambos brincaron de la cama. Jesús empezó a vestirse rápidamente. María ponía oídos en la puerta.

-¡Apúrate, por favor y vete!- rogó María.Los pasos siguieron de largo y se perdieron al fondo del pasillo.-¡Me voy a morir de un infarto!

Después de vestirse, María le dio un largo beso. Jesús abrió la ventana que daba a la ladera de la montaña. Una helada brisa le quemó los pómulos. Miró a ambos lados y no vio a nadie. Sintió un gran estremecimiento al hundirse en la nieve que le llegó hasta la rodilla. Había nevado toda la noche. María cerró la ventana y se dijeron adiós con las manos.

A esa hora de la mañana, no había nadie en la cocina ni en el comedor del ryo. Jesús preparó café y tostadas. Tenía aún el perfume de María en el olfato. La idea de trabajar le provocó más pereza. Mientras sorbía el café podía oír el ruido metálico de las máquinas de la fábrica. La fábrica y la vivienda de los obreros colindaban en medio de un paraje solitario, rodeado de montañas y bosques. La estación más cercana estaba a media hora en coche y los autobuses circulaban cada hora.

La sensación era de asfixia. Los obreros japoneses, después de la jornada, montaban en sus coches o en sus motocicletas y se largaban a sus casas en la ciudad. En cambio ellos, los noventa y seis obreros brasileños y peruanos, debían permanecer en ese paraje cercado por bosques y montañas, soportando una áspera convivencia semanal que alcanzaba un alivio, un desfogue los sábados y domingos cuando bajaban en masa a la ciudad para devorar hamburguesas Mac Donald’s, pollos broster en el Kentucky Fried Chicken antes de dormitar en las butacas de los cines. Otros abordaban el tren hasta Gifu o remontaban hasta Nagoya donde los solteros buscaban señoritas de buena y mala reputación en bares y karaokes..

Esas salidas los despejaba de la ruda monotonía fabril de repetir la misma operación miles de veces en una hora al armar y ensamblar en las bandas sin fin cientos y miles de lavadoras y refrigeradores en turnos diurnos y nocturnos. Jesús estaba en la sección de pintura con la sensación de tener los pulmones tapizados de químicos y colorantes. Hasta el color del café en la taza le parecía pintura. Al cabo de media hora, ya no estaba solo. La cocina y el comedor bullía de obreros ruidosos. De obreros ojerosos que habían trabajado toda la maldita noche y de obreros soñolientos, recién levantados y mal afeitados que les tomaban la posta al amanecer.
El barullo en el comedor era un barullo de sonoro portuñol, donde peruanos y brasileños compartían y mezclaban palabras de sus propios idiomas para comunicarse y no necesariamente entenderse.


-Vocé, Jesús, como nunca ha madrugado- la voz le golpeó la nuca. Era Marcelo Tsuga, un nikei de Matto Grosso y compañero de su sección. Estaba acompañado del Pequeño Juan, un huachano enorme y obeso, de modales torpes y sonrisa de adolescente.
- ¿Qué tal la noche?- preguntó Jesús sin quitar los ojos de la taza de café.
-¡Puta merda! La máquina se jodió como a las treis dea mañana. El vejo Mizuno aún istá allá aballo tratando de repararla. Si llega el repuesto a tempo quizá a media mañana empece a funciuar. Iso quiere decir, visha, que vocé va a tener hoy poco traballo.

Marcelo se sentó a su lado con un tazón de misoshiro. El Pequeño Juan le dio a Jesús una palmada de cariño en el hombro y también se sentó a su lado. Mientras Jesús acababa su café y Marcelo y el Pequeño Juan devoraba sus cuencos de sopa, apareció María.

- Hola, muchachos, ¿cómo están?, dijo ella. Se veía linda y lozana.

El Pequeño Juan se incorporó de la mesa y abrazó a su esposa. María, que era menudita, parecía encajar como si fuera una pieza complementaria en el cuerpo del Pequeño Juan. Se besaron.

-Doña María, vocé sin duda es la flor más bella de este jardín- alabó Marcelo.
-Y tú, Jesús, ¿no me das los buenos días?, se quejó ella. Jesús, simuló indiferencia
-Oye, saluda, pues -insistió María en son de broma- Ni que durmiéramos juntos- añadió ella con inocente malicia.

Jesús no pudo evitar que se le encendieran las mejillas.

-Amorcito, ¿te sirvo café?, preguntó el Pequeño Juan a María.
- Sí, con tostadas y mermelada -dijo ella y mirando a Jesús añadió- Sigo hambrienta.

Cuando se le empezó a notar, Jesús ya no trabajaba en la fábrica. Renunció de un día para otro y se fue sin despedirse de María ni de nadie. El rumor que se oyó a su partida fue que Jesús había vuelto al Perú. Que su padre había muerto y que su madre se había quedado sola.

El Pequeño Juan la encontró llorando y se alarmó.

-Anoche soñé que nuestro bebe había nacido muerto y eso me ha dado mucha tristeza -mintió María.

Siete meses después, con la llegada del verano, nació la hija de María. El Pequeño Juan quiso llamarla María porque María también era el nombre de su madre. Pero, María, su esposa, le dijo que no, que su hija se llamaría Yuki. Y así quedó registrada en la partida de nacimiento municipal. Yuki significa nieve, en recuerdo de esas mañanas de nieve que el nombre de su hija le recordará toda la vida.





domingo, noviembre 13, 2005

El ejercicio-2




¿Quién alguna vez no ha tenido a disposición una mano amiga? Una que viene en tu ayuda cuando más lo necesitas. Yo tengo una. Una que no duda en ofrecérmela con sólo digitar su número telefónico.
OK, voy para allá, me dice...
Allá es el café de la esquina, la que está a una calle de Larco.

Preferimos las mesas que están en la terraza, desde donde podemos burlarnos de los transeúntes o contar el número de ticos blancos o celestes que circulan por minuto los lunes, desde las dos de la tarde, cuando los oficinistas están en sus escritorios y las amas de casa arrancando espinillas a sus amantes en algún hostal de los conos.

Carmela tiene al marido en la oficina y a los hijos en la escuela, le encanta el Marlboro mentolado y rodearse de perros. Tiene cinco, tres enormes mastines y dos falderos. Los canes de raza son su debilidad. Durante el invierno limeño baja a Agua Dulce y los hace correr en la orilla. Les lanza trozos de madera o piedras oblongas y ellos los traen de vuelta en sus hocicos agitados y babosos.

No le tengo que decir nada. Solita apoya el índice y el dedo mayor sobre la mesa y los restantes dedos los cierra sobre la palma. El índice y el mayor parecen las piernas de una damisela. Se ponen a andar y luego a patinar sobre la superficie de la mesa. Esquivan tazas, cucharas y saltan hacia el azucarero. Luego, se deslizan sobre el mantel blanco. Son unas manos preciosas. Perfectas. Toda la belleza de Carmela se concentra en sus cotizadas manos que suelen aparecer en la televisión, en avisos comerciales, publicitando ungüentos, anillos de diamantes o carísimos esmaltes.

Entonces, esos cotizados dedos se deslizan por el mantel blanco y van a caer sobre mi rodilla como si de esquiadores se tratasen. Luego, caminan sus dedos bajo el mantel de la mesa en dirección de un camino muchas veces transitado.

Van diecinueve ticos blancos míos contra ocho celestes tuyos, le digo, inquieto.

Me gusta la abierta intimidad de esa terraza. Donde las personas que pasan te pueden ver y a la vez no verte. Apuro mi capuccino y ella su infusión de té, canela y anis. La gente que discurre por la acera ve, por supuesto, a la enigmática mujer de gafas oscuras que en ese instante me acompaña, pero no ven que de bajo de la mesa sus largas uñas carmesí que coronan sus delgadas y delicadas falanges tiran de mi apéndice que lenta y pausadamente empieza a crecer, hincharse de sangre en la palma de su mano.

Se...se.. segui...mos......contando los ticos que pasan por la...por la esquina...

No tengo las palabras correctas que puedan explicar ese acto ocioso que ejercitamos en la vía pública. Se trata de un disfrute, de una transgresión excitante y secreta que toda esa gente, que va y viene por la acera, ignora, mientras los ticos blancos y celestes pasan sin que ni ella ni yo los enumeremos.

Poco después la hábil mano de mi amiga evacúa, bajo la mesa, mis excesos contenidos. El colofón será un puñado de servilletas y una generosa propina para el mozo de turno que al irnos cambiará, como siempre, el mantel de la mesa.

Sí, Carmela es para mi una mano amiga. Una mano incondicional. Con la que siempre puedo contar. Yo, en cambio, soy para ella, digamos, unos labios, una boca... Dejemos los eufemismos... Soy su lengua amiga. No me quejo. Siempre me tiene reservado un cepillo de dientes nuevecito. Lo único que me parece desleal de su parte es que me haga competir con sus perros.









miércoles, octubre 19, 2005




Caperucita, ¿qué estas haciendo?






Es un impulso, una pulsión que actúa como una bola que se echa a rodar. Una vez que está fuera de control nada lo detiene. No hay fuerza o voluntad que pueda con ella. Imagina el agua que montaña abajo sigue su cauce inevitable hacia el mar. ¿Impedirlo? ¡Bah! ¿Puedes impedir que llueva, que aparezcan los tifones o que ocurran los terremotos? ¿Puedes impedir las pesadillas, las calamidades o las tragedias de amor?

Le hablo de tratamientos, de terapias y de fármacos.

Se burla. Si tratas de ponerle freno es peor -dice- No porque le des a un lobo verduras va a olvidar el sabor de la carne.

Pero tú no eres un animal, le aclaro.

¿Cómo qué no?

A diferencia de los animales nosotros pensamos, replico.

No por el hecho de pensar dejamos de ser animales -dice Genoveva y se queda en silencio masticando la palabra animal- Pero, hombre -añade presa de una conclusión inobjetable- si somos la peor de las especies.

Fuma Genoveva de una manera compulsiva. Un cigarrillo tras otro. Los puchos se amontonan en el cenicero de aluminio que un mozo atento se ocupa de vaciar de la mesa donde la cháchara discurre alrededor de una taza de café.

Ahora se le ha dado por los choferes de combis y de microbúses. Gente ordinaria, de toscos modales y de soez vocabulario.

Genoveva, ¿por qué?

Genoveva es una mujer de pocos amigos. Casi todos son hombres. Le resulta difícil congeniar con sus pares de faldas y carteras. Le parece que son demasiado complicadas, engreídas y manipuladoras.

Si la llegas a conocer en alguna reunión y te dirige la palabra es porque has despertado su interés. Puedes considerarte afortunado si al cabo de cinco minutos no se marcha con la excusa de que tiene que hacer una llamada telefónica. Si ese no fuera tu caso, posiblemente esa noche te permita que le desabroches los botones de su blusa.

Tú no la eliges. Ella es la que te elige.

A Genoveva le gusta viajar. Viajar le permite tener amistades efímeras, conocer a gente con la que se cruzará y no volverá a ver más. No es una mujer de apegos. Es de hábitos solitarios y de contemplativos silencios. Como las arañas que tejen una red invisible y esperan.

Es natural que nos atemorice doblar una esquina oscura. Preferimos lo estable a lo incierto. A Genoveva esa inquietud le excita.

Usa el cabello largo. Hasta la cintura. No es afecta a los vestidos sino a los pantalones de drill o de vaqueros. Es extremadamente delgada, de espalda angosta y de trasero prominente. Un culo que destaca como lo haría un nudo en una cuerda.

Le encanta el color negro, su blanco y aguileño perfil resalta cuando gira la cabeza y fija en ti esos encantadores ojos negros que te miran con melancólica ternura.

Trabaja en un estudio de arquitectos, en Miraflores, muy cerca del parque Kennedy. En realidad es su propietaria. Muchos de los edificios que afean los distritos limeños se diseñan en su estudio.

Genoveva con los hombres se comporta como ante una cesta de frutas. Toma sólo lo que le apetece. A veces sólo le provoca dar una mordida y una vez satisfecha te deja de lado.

¿Alguna vez te has enamorado?, le pregunto.

No empieces -me responde Genoveva mientras echa un vistazo a su reloj de pulsera.
Es un cuarto para las once -le digo. Pero ella no responde- Deberías ir a un psiquiatra -insisto.

Ella me mira con melancólica ternura.

Se incorpora de la mesa. Aplasta el pucho en el cenicero.

...espérame en el grifo de gasolina. En tres horas estaré allí...

Genoveva corre hacia la esquina donde los pasajeros se aglutinan para abordar el microbús. Ni siquiera me dice "chau". Al rato es tragada por una de las puertas donde el cobrador viaja colgado del estribo. El microbús está tan lleno que da la impresión de que en cualquier momento pueden saltar los pernos de la carrocería. En el estrecho pasillo los pasajeros viajan tan apretujados que los sudores, los olores y los alientos se mezclan. A Genoveva le deleita ese vaivén, ese roce, esa fricción de cuerpos que ocurre en su interior. Cuerpos de distintas densidades, longitudes, pesos y protuberancias. Cuerpos tibios, blandos, efímeros. Un lodazal de eróticas sensaciones. Esa experiencia es sólo comparable con la de una orgía donde los cuerpos se entreverán como en un nido de lombrices.

Ese es el preámbulo de un goce sórdido que la llevará hasta el último paradero. Genoveva, a medida de que el microbús va quedando vacío, hará todo lo posible para sentarse al lado del conductor. Cuánto más feo, vulgar y rudo mejor. Pegada a él le rozará la rodilla, le rozará el brazo grasiento cuando éste gire el timón en las curvas. Lo mirará de reojo y le sonreirá. Y cuando lleguen al último paradero, justo después del grifo de gasolina, las palabras sobrarán.

Así es Genoveva. Ahora se le ha dado por los chóferes de microbúses y de combis. Y es que los lobos no comen verduras.





lunes, octubre 03, 2005


La caperucita y el abuelo feroz






Pasa, no tengas miedo, le dijo.

Parada, en el umbral, la niña titubeaba.
Es un buen lugar para ocultarse, le dijo señalando los bajos de la cama.
¿Quién eres tú?, preguntó.
El abuelito de Nancy, respondió el anciano.
Nancy es mi mejor amiga, dijo la niña.
Ya lo creo, respondió el viejo.

Nancy era la del cumpleaños. Y había invitado a toda la clase para pasar la tarde en su casa de Pueblo Libre, una finca inglesa de ladrillos rojos circundado por un jardín. Con el cambio de estación se había vestido de flores y olía a fragancias primaverales .

El abuelito de Nancy usaba unas gruesas gafas de carey. Cuando la cama le aburría, se pasaba a la mecedora. Y allí se quedaba dormido con un libro en las manos. En la mecedora evitaba el enfriamiento con una robusta chalina de lana que le envolvía el cuello y le cubría el pecho.

Está bien, dijo la niña, es un buen lugar para esconderse. Y se escabulló bajo la cama.

En la mecedora, el abuelo leía un libro de tapa dura. Afuera se oía un gran alboroto. Un exasperante barullo. Niños que corrían y gritaban por los pasillos de la casa excitados por el juego de las escondidas. "...siete, ocho, nueve, diez, once...", recitaba en voz alta uno de ellos.

Bajo el camastro, agazapada, la pequeña miraba lo que ocurría en el exterior por una abertura en el edredón que cubría la cama de bronce del viejo. De pronto, al acomodarse, pateó algo tan duro como un latón y del vibrante recipiente salpicó algo repelente.

Cuidado con el urinario - le advirtió el anciano.

La niña encogió las piernas y se quedó quieta mientras se formaba un charco alrededor del urinario. Y quieta como estaba echó un vistazo al escondite que apestaba a meado. A orines de gato. El suelo era de madera y estaba cubierto por una fina capa de polvo que le hizo estornudar. Al pie de la cama, había una alfombra y sobre ella dormitaban unas chancletas.

Al rato, el niño encargado de poner al descubierto a los demás niños en el juego de las escondidas se metió en la habitación del viejo para fisgonear. La mirada del anciano, que parecía decirle, ¡qué carajo quieres!, lo amedrentó de tal forma que al irse, el chico cerró de un portazo.

Ya se fue, le dijo el abuelo.

La niña dejó el escondite y corrió hacia la puerta. Pegó la oreja en ella para saber dónde estaba su captor. Aún estaba por allí, dando vueltas.

¿Cómo te llamas?, preguntó el abuelo.
María Pía, respondió.
Bonito nombre.
Mi mami también se llama María Pía. Igual que mi abuelita. ¿Qué estas leyendo?, preguntó la niña al ver el libro de tapa dura en el regazo del viejo.
El Quijote, respondió el anciano.
¿El qué?.
La cumbre de la literatura castellana.

La niña abrió los ojos con desconcierto y el anciano se dio cuenta de que su respuesta era demasiada abstracta para una niña que acababa de aprender a leer.

Es una novela que trata -le dijo- sobre las aventuras de un hidalgo caballero andante llamado don Quijote de la Mancha y de su fiel escudero Sancho Panza. Ven, acercate para que puedas oír algunos párrafos del libro.

La niña se acercó. El viejo cerró el libro y lo volvió a abrir en la primera página.
"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme..."

Pero la lectura del libro se interrumpió con el grito de susto que dio la niña al ver que, al lado del libro, se asomaba una alimaña.

¿Qué es eso?
Es mi mascota -le tranquilizó el viejo.
Uff, qué feo que es... Ni siquiera tiene pelo.
Los perros de Sechura son lampiños, no tienen pelo. ¿Te da miedo?, preguntó el anciano.
Sí, un poquito, respondió la niña.
No temas, que no muerde.
Que chiquito que es... ¿Y dónde tiene oculta las orejas?
Sí, es un perro extraño. Si lo acaricias, si le pasas la manito sobre el lomo, verás que crece. Ven, tócalo para que te agarre confianza y no te muerda.

La niña obedeció. Se acercó y lo tocó, primero con miedo y luego con más confianza.

Es verdad, ¡está creciendo!
Muy bien, sigue así, no dejes de acariciarlo.
Uyuyui, ahora se ha puesto muy gordito.
Sóbale el lomo. Así, así, muy bien. Si quieres que te quiera más por qué...

El viejo no pudo acabar la frase porque al oír que alguien de la primera planta subía corriendo las escaleras, decidió dar por terminada la lectura del Quijote.

Anda, sigue jugando a las escondidas -le dijo a la niña- Aún estás a tiempo de salvar a tus compañeros.

Dicho esto, el anciano cubrió a su alimaña con la chalina con la que se envolvía el cuello.

En ese momento la puerta de la habitación se abrió con violencia. Y apareció una mujer de unos treinta años de edad. Era la mamá de Nancy. Se acercó a la niña y le preguntó, angustiada, si estaba bien. La niña le dijo que sí, pero que quería seguir jugando con la mascota del abuelito.

¿La mascota de quién?, preguntó la mujer.
Del abuelito. Él tiene una, delató la niña.

La mujer tomó en brazos a la pequeña y abandonó la habitación con premura y antes de cerrar con un portazo, le dijo indignada al viejo: "de esto, papá, hablaremos más tarde..."






lunes, septiembre 26, 2005

El baño de azulejos





El primer referente de una mujer desnuda lo tengo en la imagen desnuda de mi madre. Cuando niño, solía acompañarla a los efluvios de su aseo personal. Ella compartía esa intimidad conmigo por su insuperable pavor a la noche, al temor de quedarse a solas en ese apartado de la casa, una finca roñosa poblada de fantasmas.

Me dejaba sentado en un rincón, sobre un taburete. Tendría cinco o seis años de edad y yo representaba la garantía que la libraba, mientras se bañaba, de todos esos muertos y aparecidos que ella suponía habitaban la casa.

Lo que me queda de todo aquello es algo vago: un baño de azulejos, una tina revestida de cerámica blanca, los grifos de bronce, un espejo empañado por el vaho y el cuerpo de mi madre aún elástico y joven flotando entre la bruma del vapor del agua caliente. Una escena de lo más parecida a los pliegues de un sueño hecho de neblinas y arrecifes.

El cabello mojado, la ducha sobre su rostro, los ojos cerrados, el jabón aventurándose por el hueco del sobaco, navegando luego por la órbita de los senos, bajando hacia la cintura, precipitándose hacia la extremadura de la pierna... y el agua de la ducha salpicando y formando charcos en el piso del baño.

Esa misma imagen, treinta años después, se ha vuelto a repetir esta noche al momento de abrir la puerta del baño y ver a la mujer que amo vestida de vapores . He vuelto a ser un niño de seis años. Otra vez me he visto sentado en un taburete. Y no he visto fantasmas, sino a mi madre en el cuerpo de esa mujer.

Luego me he percatado de que toda la vida he buscado en cada mujer el cuerpo de mi madre. Y es que el primer referente erótico de una mujer desnuda lo tengo, inevitablemente, en la imagen de la mujer que me amantó.



martes, septiembre 20, 2005

El ejercicio




Llegará el ciego día en que descubras que eso que te cuelga entre las piernas no sólo te sirve para mear y salpicarte los zapatos.

Al decir ciego día lo digo porque hasta entonces para esos menesteres lo has usado.

En mi caso, lo descubrí de una manera prematura. De la mano de mi madre. Mano santa. Ella fue la que me indujo a su disciplinada práctica.

Pero, no juzguemos. No se vaya a pensar de que se trata de una mujer insana, depravada. El, digamos, ejercicio fue una prescripción médica. Ordenada por mi pediatra."Hay que evitar, señora -le dijo a mi madre- que el prepucio se cierre alrededor del glande. Y ahora que todavía está bebito es necesario que usted le practique el ejercicio. Entendió señora. ¿Se lo vuelvo a repetir, señora?"

Cuando de la sierra de Caraz vino Marcela, mi aya de catorce años de edad, mi madre le encomendó entre otras misiones, evitar la maldad de mi prepucio, o sea, el ejercicio. Son detalles que ya no recuerdo. Algo aciago debió ocurrir con Marcela porque nunca supe por qué la echaron de casa.

A Marcela me la he encontrado ya de vieja, de abuela adornada con dieciséis nietos. Y me ha despejado aquellas dudas y silencios.

-¿Ya sabe usted, joven, por qué su madre me echó? Injusta la patrona conmigo ha sido.
-Siga, Marcela, siga que yo también quiero saber- le he dicho.
-Aquella noche, en el fogón de la cocina, mientras preparaba un olluquito con charqui, las yemas de los dedos me he quemado. Su madre, esa noche, había salido con su señor padre al cinematógrafo. Como ampollas tenía mis dedos, la boca usé para hacerle el ejercicio. En esas estaba chupando y chupando, cuando de pronto, la patrona ha llegado. Con la boca llena de usted, joven, me ha encontrado. Por más que juré y rejuré aún no me libro después de tantísimos años de ese pecado.






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