Caperucita, ¿qué estas haciendo?
Es un impulso, una pulsión que actúa como una bola que se echa a rodar. Una vez que está fuera de control nada lo detiene. No hay fuerza o voluntad que pueda con ella. Imagina el agua que montaña abajo sigue su cauce inevitable hacia el mar. ¿Impedirlo? ¡Bah! ¿Puedes impedir que llueva, que aparezcan los tifones o que ocurran los terremotos? ¿Puedes impedir las pesadillas, las calamidades o las tragedias de amor?
Le hablo de tratamientos, de terapias y de fármacos.
Se burla. Si tratas de ponerle freno es peor -dice- No porque le des a un lobo verduras va a olvidar el sabor de la carne.
Pero tú no eres un animal, le aclaro.
¿Cómo qué no?
A diferencia de los animales nosotros pensamos, replico.
No por el hecho de pensar dejamos de ser animales -dice Genoveva y se queda en silencio masticando la palabra animal- Pero, hombre -añade presa de una conclusión inobjetable- si somos la peor de las especies.
Fuma Genoveva de una manera compulsiva. Un cigarrillo tras otro. Los puchos se amontonan en el cenicero de aluminio que un mozo atento se ocupa de vaciar de la mesa donde la cháchara discurre alrededor de una taza de café.
Ahora se le ha dado por los choferes de combis y de microbúses. Gente ordinaria, de toscos modales y de soez vocabulario.
Genoveva, ¿por qué?
Genoveva es una mujer de pocos amigos. Casi todos son hombres. Le resulta difícil congeniar con sus pares de faldas y carteras. Le parece que son demasiado complicadas, engreídas y manipuladoras.
Si la llegas a conocer en alguna reunión y te dirige la palabra es porque has despertado su interés. Puedes considerarte afortunado si al cabo de cinco minutos no se marcha con la excusa de que tiene que hacer una llamada telefónica. Si ese no fuera tu caso, posiblemente esa noche te permita que le desabroches los botones de su blusa.
Tú no la eliges. Ella es la que te elige.
A Genoveva le gusta viajar. Viajar le permite tener amistades efímeras, conocer a gente con la que se cruzará y no volverá a ver más. No es una mujer de apegos. Es de hábitos solitarios y de contemplativos silencios. Como las arañas que tejen una red invisible y esperan.
Es natural que nos atemorice doblar una esquina oscura. Preferimos lo estable a lo incierto. A Genoveva esa inquietud le excita.
Usa el cabello largo. Hasta la cintura. No es afecta a los vestidos sino a los pantalones de drill o de vaqueros. Es extremadamente delgada, de espalda angosta y de trasero prominente. Un culo que destaca como lo haría un nudo en una cuerda.
Le encanta el color negro, su blanco y aguileño perfil resalta cuando gira la cabeza y fija en ti esos encantadores ojos negros que te miran con melancólica ternura.
Trabaja en un estudio de arquitectos, en Miraflores, muy cerca del parque Kennedy. En realidad es su propietaria. Muchos de los edificios que afean los distritos limeños se diseñan en su estudio.
Genoveva con los hombres se comporta como ante una cesta de frutas. Toma sólo lo que le apetece. A veces sólo le provoca dar una mordida y una vez satisfecha te deja de lado.
¿Alguna vez te has enamorado?, le pregunto.
No empieces -me responde Genoveva mientras echa un vistazo a su reloj de pulsera.
Es un cuarto para las once -le digo. Pero ella no responde- Deberías ir a un psiquiatra -insisto.
Ella me mira con melancólica ternura.
Se incorpora de la mesa. Aplasta el pucho en el cenicero.
...espérame en el grifo de gasolina. En tres horas estaré allí...
Genoveva corre hacia la esquina donde los pasajeros se aglutinan para abordar el microbús. Ni siquiera me dice "chau". Al rato es tragada por una de las puertas donde el cobrador viaja colgado del estribo. El microbús está tan lleno que da la impresión de que en cualquier momento pueden saltar los pernos de la carrocería. En el estrecho pasillo los pasajeros viajan tan apretujados que los sudores, los olores y los alientos se mezclan. A Genoveva le deleita ese vaivén, ese roce, esa fricción de cuerpos que ocurre en su interior. Cuerpos de distintas densidades, longitudes, pesos y protuberancias. Cuerpos tibios, blandos, efímeros. Un lodazal de eróticas sensaciones. Esa experiencia es sólo comparable con la de una orgía donde los cuerpos se entreverán como en un nido de lombrices.
Ese es el preámbulo de un goce sórdido que la llevará hasta el último paradero. Genoveva, a medida de que el microbús va quedando vacío, hará todo lo posible para sentarse al lado del conductor. Cuánto más feo, vulgar y rudo mejor. Pegada a él le rozará la rodilla, le rozará el brazo grasiento cuando éste gire el timón en las curvas. Lo mirará de reojo y le sonreirá. Y cuando lleguen al último paradero, justo después del grifo de gasolina, las palabras sobrarán.
Así es Genoveva. Ahora se le ha dado por los chóferes de microbúses y de combis. Y es que los lobos no comen verduras.


6 Comments:
Donde podré hallar a esa mujer lobo?
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Tienes un fino humor y sutileza, me gusto tu post.
Dicen que los camaleones son el único animal de sangre fría que sueña...
¿Serán de colores los sueños del camaleón?
Al camaleón le atraen las mujeres oscuras. Y Genova lo es. Apetece esclarecerla tal como la cuentas.
vaya sorpresa!
bonito blog (he llegado akí saltando de blog en blog), volveré.
f. otro camaleón
Takeshi: bueno, están en todos lados, y como buenos lobos, salen a cazar de noche...
Chikka: se agradece el piropo.
Deva: De acuerdo con el color del sueño nos camuflamos. Pero, tengo la sangre caliente, como la Geno del cuento.
Camaleon: Un gusto recibir la visita de otro Camaleón. Como ya existe un Club de Leones, sería bueno formar el Club de Camaleones, ¿qué te parece?
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