La caperucita y el abuelo feroz
Pasa, no tengas miedo, le dijo.
Parada, en el umbral, la niña titubeaba.
Es un buen lugar para ocultarse, le dijo señalando los bajos de la cama.
¿Quién eres tú?, preguntó.
El abuelito de Nancy, respondió el anciano.
Nancy es mi mejor amiga, dijo la niña.
Ya lo creo, respondió el viejo.
Nancy era la del cumpleaños. Y había invitado a toda la clase para pasar la tarde en su casa de Pueblo Libre, una finca inglesa de ladrillos rojos circundado por un jardín. Con el cambio de estación se había vestido de flores y olía a fragancias primaverales .
El abuelito de Nancy usaba unas gruesas gafas de carey. Cuando la cama le aburría, se pasaba a la mecedora. Y allí se quedaba dormido con un libro en las manos. En la mecedora evitaba el enfriamiento con una robusta chalina de lana que le envolvía el cuello y le cubría el pecho.
Está bien, dijo la niña, es un buen lugar para esconderse. Y se escabulló bajo la cama.
En la mecedora, el abuelo leía un libro de tapa dura. Afuera se oía un gran alboroto. Un exasperante barullo. Niños que corrían y gritaban por los pasillos de la casa excitados por el juego de las escondidas. "...siete, ocho, nueve, diez, once...", recitaba en voz alta uno de ellos.
Bajo el camastro, agazapada, la pequeña miraba lo que ocurría en el exterior por una abertura en el edredón que cubría la cama de bronce del viejo. De pronto, al acomodarse, pateó algo tan duro como un latón y del vibrante recipiente salpicó algo repelente.
Cuidado con el urinario - le advirtió el anciano.
La niña encogió las piernas y se quedó quieta mientras se formaba un charco alrededor del urinario. Y quieta como estaba echó un vistazo al escondite que apestaba a meado. A orines de gato. El suelo era de madera y estaba cubierto por una fina capa de polvo que le hizo estornudar. Al pie de la cama, había una alfombra y sobre ella dormitaban unas chancletas.
Al rato, el niño encargado de poner al descubierto a los demás niños en el juego de las escondidas se metió en la habitación del viejo para fisgonear. La mirada del anciano, que parecía decirle, ¡qué carajo quieres!, lo amedrentó de tal forma que al irse, el chico cerró de un portazo.
Ya se fue, le dijo el abuelo.
La niña dejó el escondite y corrió hacia la puerta. Pegó la oreja en ella para saber dónde estaba su captor. Aún estaba por allí, dando vueltas.
¿Cómo te llamas?, preguntó el abuelo.
María Pía, respondió.
Bonito nombre.
Mi mami también se llama María Pía. Igual que mi abuelita. ¿Qué estas leyendo?, preguntó la niña al ver el libro de tapa dura en el regazo del viejo.
El Quijote, respondió el anciano.
¿El qué?.
La cumbre de la literatura castellana.
La niña abrió los ojos con desconcierto y el anciano se dio cuenta de que su respuesta era demasiada abstracta para una niña que acababa de aprender a leer.
Es una novela que trata -le dijo- sobre las aventuras de un hidalgo caballero andante llamado don Quijote de la Mancha y de su fiel escudero Sancho Panza. Ven, acercate para que puedas oír algunos párrafos del libro.
La niña se acercó. El viejo cerró el libro y lo volvió a abrir en la primera página.
"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme..."
Pero la lectura del libro se interrumpió con el grito de susto que dio la niña al ver que, al lado del libro, se asomaba una alimaña.
¿Qué es eso?
Es mi mascota -le tranquilizó el viejo.
Uff, qué feo que es... Ni siquiera tiene pelo.
Los perros de Sechura son lampiños, no tienen pelo. ¿Te da miedo?, preguntó el anciano.
Sí, un poquito, respondió la niña.
No temas, que no muerde.
Que chiquito que es... ¿Y dónde tiene oculta las orejas?
Sí, es un perro extraño. Si lo acaricias, si le pasas la manito sobre el lomo, verás que crece. Ven, tócalo para que te agarre confianza y no te muerda.
La niña obedeció. Se acercó y lo tocó, primero con miedo y luego con más confianza.
Es verdad, ¡está creciendo!
Muy bien, sigue así, no dejes de acariciarlo.
Uyuyui, ahora se ha puesto muy gordito.
Sóbale el lomo. Así, así, muy bien. Si quieres que te quiera más por qué...
El viejo no pudo acabar la frase porque al oír que alguien de la primera planta subía corriendo las escaleras, decidió dar por terminada la lectura del Quijote.
Anda, sigue jugando a las escondidas -le dijo a la niña- Aún estás a tiempo de salvar a tus compañeros.
Dicho esto, el anciano cubrió a su alimaña con la chalina con la que se envolvía el cuello.
En ese momento la puerta de la habitación se abrió con violencia. Y apareció una mujer de unos treinta años de edad. Era la mamá de Nancy. Se acercó a la niña y le preguntó, angustiada, si estaba bien. La niña le dijo que sí, pero que quería seguir jugando con la mascota del abuelito.
¿La mascota de quién?, preguntó la mujer.
Del abuelito. Él tiene una, delató la niña.
La mujer tomó en brazos a la pequeña y abandonó la habitación con premura y antes de cerrar con un portazo, le dijo indignada al viejo: "de esto, papá, hablaremos más tarde..."


6 Comments:
Llego a tu espacio y encuentro este relato con personajes sacados de la realidad.
Una niña con los ojazos abiertos en una escena alimañesca.
Salutes y :).
De nuevo me sorprendes con tu relato. Besos!
Gracias por tu visita.
Ahora no tengo tiempo, pero como tienes un blog recién nacido, pasaré a ponerme al día en breve.
¿Esa mascota tenía todas las vacunas puestas?
Cuantos abuelitos con piel de cordero andan sueltos en plaza. Un cuento impactante. Blanca.
¿y los dientes postizos? ni en la mascota, ni en el abuelito.
felizmente...
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